Lectura Perdido en El Amazonas Capítulo I-Enero 24

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PERDIDO EN EL AMAZONAS Esta no es una novela sino un reportaje logrado después de ocho meses de investigación sobre un caso de la vida real sucedido en nuestros días. No se han cambiado nombres de personas ni lugares y se conservan situaciones y fechas, tal como lo relataron los protagonistas frente a una grabadora o como aparecen en archivos oficiales. Es la historia del ex marinero Julián Gil Torres, un hombre de leyenda, que luego de haber hecho contacto con una tribu hasta hoy desconocida, desapareció en el corazón de la selva. El relato principal fue realizado por su hermano Efraín, un brillante narrador que logra presentar toda la magia de un lugar desconocido, como es la selva, a través de la vida de Julián. El Autor(German Castro Caycedo) CAPÍTULO 1 Cuarenta días después me vinieron a avisar que Julián había caído en poder de esos indios: fue el 14 de marzo como a las tres de la tarde. Yo había terminado de hacer el programa de radiocomunicaciones con el apostadero naval de Leticia —una rutina que venía repitiendo dos veces al día desde hacía cuatro años— y luego de reportar el Q- R-X de costumbre ordené que apagaran la planta. Llevábamos cinco meses sin que el remolcador de la Armada trajera provisiones y debíamos por tanto ahorrar hasta la última gota de combustible. Abandoné la guarnición y cuando iba en la mitad del puente vi a Alejandro en la orilla de la quebrada y me imaginé que nuevamente había problemas en el Cahuinarí. Con Julián cualquier cosa era posible. —Don Efraín, me perdona pero le traigo una noticia mala: a Julián lo agarraron los indios que se tragan a la gente —me dijo con voz acobardada. —Maldita sea, ¿y usted es tan marica que me dejó al muchacho solo? —le respondí levantando la voz más de lo normal. Alejandro se quedó mirándome y pude ver que tenía los ojos humedecidos. Entonces nos quedamos unos segundos como atornillados al piso, hasta cuando él co- menzó a contar su versión: «Estábamos abriendo una pica con los machetes y Julián que iba adelante con la brújula, nos gritó a Borrachito y a mí: "Por aquí pasó una danta anoche." Seguimos la huella de la danta y unos metros más adentro chocamos con un camino trillado, bien trillado, ancho. Un camino viejo. Raro que hubiera camino por allá tan adentro de la selva, dijo Julián, y nosotros dijimos: "Debe ser de los indios bravos." El se rió y no dijo nada. Se metió al camino. Miró a los lados, miró bien a los palos, miró arriba para la parte más alta de los árboles y nos dijo que teníamos que regresar los tres a esconder en el monte la comida, las hachas, los hules y las hamacas. Las escondimos. Cuando terminamos, caminamos por la trocha de los indios más de dos horas y oímos risas. En una quebrada pequeñita se estaban bañando tres niños, uno como de cuatro años, otro como de seis y el otro como de diez. Jugaban. »Tan pronto Julián los vio nos hizo señas de que nos quedáramos quietos y callados. Los miró bien un rato desde detrás de un palo y, con mucho cuidado, se regresó y nos dijo que saliéramos del camino: »—Síganme a distancia, sin perderme de vista pero sin hacer ruido, porque esos niños tienen que vivir cerca. Esperamos como una hora bien escondidos y al fin los niños se fueron y los seguimos. Caminamos mucho y por ahí como a las cuatro de la tarde llegamos a una maloca. Una casa muy grande. Julián nos dijo: "Primero vamos a ver qué clase de gente es." Avanzamos con calma y como a unos cinco metros, cerquita, vimos muchos indios desnu- dos: hombres, mujeres, niños. Todos completamente desnudos. Por lo menos había trescientos de ellos. Entre todos estaban comiendo y bebiendo chicha de chontaduro. Tenían el cuerpo bien pintado con unos dibujos muy lindos y muy finos. Parecía que estaban en una fiesta. Borrachos la mayoría. Todos tenían palitos atravesados en las orejas y en las narices. Palitos tan largos y tan anchos como un lápiz. Los miramos como hasta las seis de la tarde. Julián nos dijo que entráramos ya, pero Borrachito y yo le dijimos que no entendíamos la lengua de ellos. Entonces nos fuimos para atrás, sacamos las cosas de donde las hablamos escondido y nos regresamos hasta el último campamento que habíamos hecho. De ahí nos fuimos hasta otro campamento que habíamos dejado más atrás. Dormimos y a la madrugada comenzamos a llevar la carga de campamento en campamento, para atrás, para el que habíamos hecho en la margen del río Bernardo. Hasta allá, dándole, era más de medio día de camino. Nos llevamos para el río todo lo que teníamos en el centro de la selva para que los indios ésos no nos lo robaran. Todo ese día sacando cosas. Al otro cogimos la fariña, las escopetas, algunos cartuchos y como veinte kilos de sal y nos fuimos para la maloca de los indios bravos. Yo sentía miedo porque los antiguos decían que ellos se comían a la gente. Aquí, hace muchos años, cuando yo no había nacido, se perdieron dos cazadores. Que se los tragaron. Entonces nunca volvió nadie por allá. Nosotros chocamos con los niños como el 2 de febrero. El 4 y el 5, dos días con sus noches completas, estuvimos escondidos cerca de la maloca mirando bien qué hacían los indios y ya por la tardecita Julián se decidió. — ¿Quién me acompaña? Voy a entrar —dijo. —Julián, son bravos, no se meta allá —le dije y él me respondió que yo era un cobarde. —Cobarde, sí, pero no entro porque no le conozco la lengua a ellos ni sé qué clase de gente son —respondí. 1

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PERDIDO EN EL AMAZONAS

Esta no es una novela sino un reportaje logrado despus de ocho meses de investigacin sobre un caso de la vida real sucedido en nuestros das. No se han cambiado nombres de personas ni lugares y se conservan situaciones y fechas, tal como lo relataron los protagonistas frente a una grabadora o como aparecen en archivos oficiales. Es la historia del ex marinero Julin Gil Torres, un hombre de leyenda, que luego de haber hecho contacto con una tribu hasta hoy desconocida, desapareci en el corazn de la selva. El relato principal fue realizado por su hermano Efran, un brillante narrador que logra presentar toda la magia de un lugar desconocido, como es la selva, a travs de la vida de Julin.El Autor(German Castro Caycedo)CAPTULO 1

Cuarenta das despus me vinieron a avisar que Julin haba cado en poder de esos indios: fue el 14 de marzo como a las tres de la tarde. Yo haba terminado de hacer el programa de radiocomunicaciones con el apostadero naval de Leticia una rutina que vena repitiendo dos veces al da desde haca cuatro aos y luego de reportar el Q-R-X de costumbre orden que apagaran la planta. Llevbamos cinco meses sin que el remolcador de la Armada trajera provisiones y debamos por tanto ahorrar hasta la ltima gota de combustible. Abandon la guarnicin y cuando iba en la mitad del puente vi a Alejandro en la orilla de la quebrada y me imagin que nuevamente haba problemas en el Cahuinar. Con Julin cualquier cosa era posible.

Don Efran, me perdona pero le traigo una noticia mala: a Julin lo agarraron los indios que se tragan a la gente me dijo con voz acobardada. Maldita sea, y usted es tan marica que me dej al muchacho solo? le respond levantando la voz ms de lo normal. Alejandro se qued mirndome y pude ver que tena los ojos humedecidos. Entonces nos quedamos unos segundos como atornillados al piso, hasta cuando l comenz a contar su versin:Estbamos abriendo una pica con los machetes y Julin que iba adelante con la brjula, nos grit a Borrachito y a m: "Por aqu pas una danta anoche." Seguimos la huella de la danta y unos metros ms adentro chocamos con un camino trillado, bien trillado, ancho. Un camino viejo. Raro que hubiera camino por all tan adentro de la selva, dijo Julin, y nosotros dijimos: "Debe ser de los indios bravos." El se ri y no dijo nada. Se meti al camino. Mir a los lados, mir bien a los palos, mir arriba para la parte ms alta de los rboles y nos dijo que tenamos que regresar los tres a esconder en el monte la comida, las hachas, los hules y las hamacas. Las escondimos. Cuando terminamos, caminamos por la trocha de los indios ms de dos horas y omos risas. En una quebrada pequeita se estaban baando tres nios, uno como de cuatro aos, otro como de seis y el otro como de diez. Jugaban. Tan pronto Julin los vio nos hizo seas de que nos quedramos quietos y callados. Los mir bien un rato desde detrs de un palo y, con mucho cuidado, se regres y nos dijo que saliramos del camino:Sganme a distancia, sin perderme de vista pero sin hacer ruido, porque esos nios tienen que vivir cerca.Esperamos como una hora bien escondidos y al fin los nios se fueron y los seguimos. Caminamos mucho y por ah como a las cuatro de la tarde llegamos a una maloca. Una casa muy grande. Julin nos dijo: "Primero vamos a ver qu clase de gente es." Avanzamos con calma y como a unos cinco metros, cerquita, vimos muchos indios desnudos: hombres, mujeres, nios. Todos completamente desnudos. Por lo menos haba trescientos de ellos. Entre todos estaban comiendo y bebiendo chicha de chontaduro. Tenan el cuerpo bien pintado con unos dibujos muy lindos y muy finos. Pareca que estaban en una fiesta. Borrachos la mayora. Todos tenan palitos atravesados en las orejas y en las narices. Palitos tan largos y tan anchos como un lpiz. Los miramos como hasta las seis de la tarde. Julin nos dijo que entrramos ya, pero Borrachito y yo le dijimos que no entendamos la lengua de ellos. Entonces nos fuimos para atrs, sacamos las cosas de donde las hablamos escondido y nos regresamos hasta el ltimo campamento que habamos hecho. De ah nos fuimos hasta otro campamento que habamos dejado ms atrs. Dormimos y a la madrugada comenzamos a llevar la carga de campamento en campamento, para atrs, para el que habamos hecho en la margen del ro Bernardo. Hasta all, dndole, era ms de medio da de camino. Nos llevamos para el ro todo lo que tenamos en el centro de la selva para que los indios sos no nos lo robaran. Todo ese da sacando cosas. Al otro cogimos la faria, las escopetas, algunos cartuchos y como veinte kilos de sal y nos fuimos para la maloca de los indios bravos. Yo senta miedo porque los antiguos decan que ellos se coman a la gente. Aqu, hace muchos aos, cuando yo no haba nacido, se perdieron dos cazadores. Que se los tragaron. Entonces nunca volvi nadie por all.

Nosotros chocamos con los nios como el 2 de febrero. El 4 y el 5, dos das con sus noches completas, estuvimos escondidos cerca de la maloca mirando bien qu hacan los indios y ya por la tardecita Julin se decidi. Quin me acompaa? Voy a entrar dijo.Julin, son bravos, no se meta all le dije y l me respondi que yo era un cobarde.Cobarde, s, pero no entro porque no le conozco la lengua a ellos ni s qu clase de gente son respond.

Yo s soy hombre y entro con usted, Julin dijo Borrachito.Julin me repiti que yo era flojo, me rega, pero como l es muy bueno conmigo, cuando me regaa no le paro bolas. El me ha regaado varias veces, pero nunca ha intentado pegarme. Despus me dio una consigna:Devulvase ya que no me quiere acompaar y se queda en la casa hasta el 10 de marzo. Si no he llegado ese da, vyase a Pedrera y avsele a mi hermano Efran que me pas algo. Donde dejamos la carga escondida voy a poner una seal. Si salgo bien de la maloca de los indios, la seal ser una cruz en un rbol.,Como a cinco metros de la maloca dejamos la faria y la sal, una revista de Julin y otras cosas, tapadas con hojas de milpeso. Luego Julin me repiti dos veces esto:Si llega la fecha y no aparezco, dgale a Natividad, mi mujer, que no le entregue a nadie mis hijos; que son de ella. Que no se los deje ni siquiera a mi hermano. Que yo quiero que ella los eduque como es ella, que los cre y que sufran como sufr yo, pero que no los saquen para otra parte. "EFRAIN: Alejandro, por qu carajo no se qued emboscado para ver qu pasaba? le pregunt con impaciencia.Tena miedo, don Efran... Ah mismo que Julin dijo esa consigna me regres en carrera de marrano. El camino que habamos recorrido en dos meses, trabajando, lo regres en dos das.Ped ayuda al puesto militar y el comandante el sargento de infantera de marina, Csar Ramos Ypez me dijo que era imposible enviar gente en bsqueda de Julin por dos cosas: primero, necesitaba una orden superior y segundo, poda tratarse de una emboscada. Entonces tendra que hacer primero un reconocimiento del lugar y para eso necesitaba una comisin de inteligencia... Me fui para el corregimiento. Ya haba all algunas personas reunidas y solt en voz alta: "Maana a las seis de la maana salgo para el ro Bernardo... El que quiera acompaarme tiene provisiones, tiene elementos, tiene lo que pida, transporte, comida... Necesito personal voluntario, nica y exclusivamente voluntario. No van a ganar sueldo, a menos que sea una gratificacin personal." Le ped al corregidor Lismaco Caizales el favor que hiciera pblica la partida de la comisin y l fij en la entrada de la casita corregimental un papel escrito a mquina, con sus sellos y sus firmas. Pero antes que acabara de escribir la proclama, la prdida de Julin ya era de conocimiento popular.

Todo el mundo se ofreci a ir. Seran entonces las cinco y media de la tarde, haba comenzado a oscurecer muy temprano y antes de irme para el puerto a preparar la embarcacin me repitieron que me iban a acompaar. Todos, blancos, indios. Todos menos los tres magnates.Al da siguiente a las cinco de la maana yo tena lista una canoa de mi propiedad: catorce metros de larga por dos de ancha, de una sola pieza, sacada del tronco de un rbol gigantesco de itauva. Capacidad, cinco toneladas de carga. Tena un motor de 25 caballos ms uno de emergencia de 15, con su provisin de combustible, vveres, hamacas, cartuchos, linternas, pilas, bombillas...En ese momento estaba embarcado nicamente Alejandro Romn Huitoto, el compaero de Julin que haba venido a avisarme.A las seis no haba aparecido ni un alma.A las siete, tampoco.A las ocho, nadie!!!No se present nadie, despus de que todo el mundo se haba ofrecido a acompaarme.Como a las ocho y media regres a donde el corregidor. El pueblito estaba vaco y no pude ver a nadie por la nica calle. Todos se haban evaporado. Una vez all le dije a don Lismaco que necesitaba un motorista para que relevara a Alejandro porque bamos a navegar da y noche. Que si me facilitaba a Floriano Gmez. Me contest que a pesar de su buena voluntad y de su gran pesar por lo que ocurra, le era imposible facilitrmelo porque se trataba de un trabajador al servicio del Estado. Si algo le llegaba a suceder agreg el gobierno tendra que cargar con los riesgos y l, don Lismaco, sera quien vendra a pagar los platos rotos.Habl entonces con Floriano y le dije que le pagaba dos mil pesos una fortuna si me serva de motorista y si le firmaba un papel a don Lismaco en el cual deba manifestar que iba conmigo voluntariamente y por su propia cuenta y riesgo y que si le suceda algo renunciaba a las prestaciones a que tuviera derecho. "Eso", agregu, "no quiere decir que usted, Floriano, vaya a formar parte de la comisin que va en busca de mi hermano Julin. Usted nica y exclusivamente va a transportarnos y se queda esperndonos en las riberas del ro Bernardo. Si el personal regresa del centro de la selva, bien. Y si no regresamos, se devuelve. Le dar una fecha fija para que regrese, se presente al corregimiento y d aviso de nuestra suerte".Media hora ms tarde Caizales me facilit al motorista y un poco despus del medioda salimos los tres solos a reclutar personal Caquet arriba.E1 mejor baquiano que tiene la regin del Caquet es un negro caucano de nombre Daro Perea, y el segundo, su hijo Armando.Ellos viven ro arriba y llegamos a su casa muy temprano. Seran las cinco de la maana del 16 de marzo. Habamos salido de Pedrera la vspera a las dos de la tarde y navegamos sin parar y a toda mquina. Por la noche sali la luna y nos facilit un poco el camino. Al contarle a los Perea mi problema y la decisin de irme a buscar a mi hermano, les hice hincapi en que peda su ayuda voluntaria porque yo saba que ellos tambin tenan familia y no quera arriesgarlos a que de pronto por mi culpa fueran a dejar a esa gente desamparada. Daro y Armando entraron en su maloca, conversaron por largo rato, una media hora, tal vez cuarenta y cinco minutos y finalmente salieron y me preguntaron cunto les iba a pagar.Daro le respond no deseo sacarle en cara los favores que Julin le ha hecho a usted. Segn el libro de cuentas que me dej antes de marcharse, usted le debe a l ms de cinco mil pesos. Pero yo le ofrezco una cosa: si forma parte de la comisin y va como gua, le rebajo la deuda y le doy adems tres mil pesos. A su hijo Armando le doy tambin tres mil pesos, siempre y cuando lleguemos al sitio hasta el cual lleg Julin. Si no es as, no hay pacto.Me contest que l iba siempre y cuando participara en la comisin Leonardo Pez, un comerciante mestizo amigo de Julin y muy estimado por todos los indgenas civilizados de la regin. Para todos ellos su voz era una orden porque adems saba algo de brujera y los tena sugestionados. Creo que Pez era huilense, de la zona andina. Joven pero con cara de hombre maduro porque en la Amazonia la gente envejece muy rpido por el sufrimiento. Leonardo no deba tener ms de treinta aos.Le dije a Perea: "Tranquilo, est listo que maana bajo por usted lo ms temprano que pueda. Pez viene!"Continuamos navegando Caquet arriba. Tres horas ms tarde llegu a la finquita de Julin. Seran las nueve o diez de la maana. Habl con Natividad Santana, una indgena huitota muy inteligente que haba acompaado a Julin durante los ltimos aos y con quien haba tenido tres hijos, dos hombrecitos y una nia, entonces de brazos.Segn Natividad, Julin haba salido en compaa de Alejandro y Borrachito dos indgenas civilizados que trabajaban con l haca cerca de diez aos al amanecer del 24 de diciembre. Buscaban hacer una trocha o camino de unos 80 kilmetros de largo por entre selva virgen, que uniera los ros Bernardo y Pur... Julin le haba confesado que en el fondo ste era un motivo para buscar una tribu desconocida, la tribu aqulla de la cual hasta ella misma le haba hablado muchas veces. Quera aduearse de esos indios, hacerse su jefe. Era el sueo obsesivo de Julin.Los tres llevaban buenas provisiones y calculaban regresar seis u ocho meses ms tarde. Esa madrugada, Natividad los vio acomodar en una canoa cinco paneros o canastos muy grandes llenos de faria (harina hecha de yuca brava) y tres bultos de sal. Herramientas suficientes: dos azuelas, hachas, machetes, cuchillos, tres escopetas calibre 16 y tres calibre 20. Un total de veinte cajas de cartuchos (unos 500 tiros) ms plvora y municin para rellenar las vainillas de las balas disparadas y as poder utilizarlas varias veces. Julin sac toda su ropa y la acomod en un talego: tres pantalones azules, dos camisas de pana gris clara y un par de pantaloncillos de tela, de abotonar en la cintura.Desde donde Natividad navegamos durante veinte minutos, ro arriba hasta la casa de Pez en las riberas del ro Cahuinar. En ese trayecto Alejandro me cont que los tres empezaron a trabajar el 19 de enero. "Fuimos haciendo una pica o seal por donde deberamos abrir trocha ms tarde, buscando siempre el sur y guiados por la brjula de Julin. Por el camino hicimos tres campamentos. Eran unos ranchitos pequeos en plena selva, alrededor de los cuales limpibamos el piso, tumbbamos la vegetacin baja y guardbamos parte de las provisiones. Eran como bases para regresar algunas veces en la noche. A medida que bamos avanzando, trasladbamos la carga de uno a otro", explic.Leonardo Pez me recibi en forma cordial aunque en principio me dijo que no iba conmigo. Luego record que no tena zapatos ni cartuchos para la escopeta y le promet que le conseguira todo eso... (zapatos!). Eran promesas que difcilmente poda cumplir porque ni yo tena calzado apropiado para la marcha que nos esperaba, pero le dije que habra botas de pantano. Luego fue cediendo y cont que tena unas nmero 42 que le quedaban tres nmeros ms grandes y que no se las poda poner porque se le salan al meter el pie entre el barro espeso de la selva. Carajo, Leonardo, amarradas con cabuyas, con chambira o con bejucos, como sea tiene que acomodrselas porque debemos ir le dije. Seran las cuatro de la tarde y yo me estaba durmiendo de pie porque llevaba dos noches en blanco y aunque trataba de estar lo ms despejado posible no lo consegua. El zumbido del motor me daba vueltas en los odos y ms de dos veces tuve que pedirle que repitiera porque se me iban sus palabras: lo escuchaba como si estuviera metido entre un tarro. Pez no quiso recibir ni un solo centavo pues viva muy agradecido con el muchacho, ya que varias veces lo haba ayudado aqu y en Bogot. El se inici con Julin y siempre recibi su estmulo... Es que mi hermano era un samaritano que nunca tena nada para l, pero se quitaba los zapatos para drselos a los dems. A m muchas veces se me apareci descalzo...Y qu hizo los zapatos que le di hace ocho das? le preguntaba.Se los di a fulano de tal...Bueno, coja otros. Dormimos donde Pez y muy de madrugada salimos de regreso para donde los Perea, unas dos horas ro abajo, pero en el camino nos llevamos a dos indgenas civilizados, Carlos y Rafael Miraa. El oficio del corregidor dirigido a todos los indgenas de la regin en el cual solicitaba su colaboracin totalmente voluntaria me sirvi muy poco. Los Miraa cobraron dos mil pesos cada uno. Les dije que s.Daro Perea no estaba en su casa. Nos dijeron que haba salido a pescar y lo encontramos una hora ro abajo, navegando a remo. Tres horas despus estbamos con l de regreso a su casa, trayendo unos pocos picalones, peces pequeos de escama que se captura* eri esa poca del ao, cuando el pescado grande es escaso. Sobre las nueve de la maana de ese 17 partimos en direccin al Bernardo. Navegamos sin parar hasta las tres de la tarde, cuando Alejandro nos dijo que faltaban slo diez kilmetros para llegar al campamento grande. Al de la orilla del ro. Yo di orden de apagar el motor y de continuar a remo ro arriba, por temor a que los indios nos escucharan. Esto era bastante improbable por la distancia y porque no se tena conocimiento de que ellos hubiesen salido de su rea y llegado a la margen del Bernardo. A las cinco de la tarde estbamos cerca del campamento. Desembarcamos sin acercarnos ms y envi tres exploradores a reconocer el terreno aledao al campamento y parte de la pica, con el fin de evitar sorpresas. Regresaron al anochecer y me dijeron que haban encontrado un bulto de sal, los remos y otros objetos dejados por Julin. La canoa que haba quedado escondida en el monte se hallaba todava en su lugar. Me dijeron que haban recorrido algunos metros por la pica y que no hallaron huella alguna. Que todo estaba tal como lo haba dejado Alejandro Romn a su regreso. El campamento era ms o menos media hectrea de terreno en la que la selva haba sido descuajada. En la orilla un ranchito construido con varas, hojas y bejucos y una maleza que comenzaba a tragrselo todo.Nosotros acampamos en la margen opuesta donde limpiamos con los machetes el terreno suficiente para colgar las hamacas y dejamos centinelas que se relevaban cada tres horas. Eran dos, uno arriba y otro abajo, tirados hacia la ribera del Bernardo. No se prendi fogata. La consigna era no hacer ningn disparo ni causar ruidos que pudieran llamar la atencin.A las cinco de la maana nos dimos cuenta de que el da iba a ser muy caluroso porque el aire ya se notaba tibio. Antes de saltar de la hamaca mand a Alejandro y a Armando Perea a que exploraran hacia adelante, mientras nosotros nos preparbamos para continuar. Pasamos al otro lado y ellos se alejaron pica adentro. La orden era que avanzaran lo que pudieran en dos horas y regresaran luego de observar muy bien el terreno, especialmente Alejandro, para que pudiera grabarse si las cosas estaban tal como las haban dejado con Julin y Borrachito.

No s bien al cunto tiempo regresaron. Venan corriendo muy asustados y casi sin poder respirar. Dijeron que haban avanzado cosa de tres kilmetros pera que por la pica que hizo Julin alguien haba abierto huecos en el piso. En el fondo haban colocado, paradas, estacas muy afiladas untadas de curare, un veneno salvaje que puede descubrirse por su color oscuro. Segn ellos, los huecos estaban cubiertos cuidadosamente con hojas cadas de los rboles. Aparentemente eran trampas.Nos apresuramos entonces a salir hacia all... A Floriano, el motorista de la comisara que con tan buena voluntad haba venido, le advert que cuando escuchara disparos, si es que los llegaba a or, debera aguantarse pero que de ninguna manera nos poda esperar al frente. Tena que correrse unos cien metros ms abajo porque era posible que todos nos desviramos de la trocha. "Si nos sacan corriendo", recuerdo que le expliqu, "nos vamos a desviar por este sitio de abajo que es ms o menos donde nos debe esperar. Tampoco puede arrancar el motor hasta que el ltimo hombre no est embarcado. Mientras tanto, no haga ruidos ni movimientos que atraigan la atencin hacia el sitio donde se encuentra. Pero ante todo recuerde esto: no va a dejarme aqu a nadie... Ahora, si dado el caso se forma el bolol, que llegaron los indgenas y que usted se ve en peligro de muerte, slo en ese momento debe partir. Mientras tanto, espera". En pocos minutos llegamos al campamento, que era exactamente como me lo haban pintado los exploradores la vspera al atardecer. Al verlo pens que Julin era un ser superdotado de fuerzas a pesar de su flacura, porque con un hacha haba derribado en cosa de pocos das rboles gigantescos cuyos troncos acostados algunas veces nos llegaban a la altura del estmago. Eran bastantes y se hallaban ya cubiertos por musgo de diferentes colores y por una vegetacin tal vez rastrera. No recuerdo ahora con mucha exactitud. Me fij muy bien que estaban plagados de unos hongos duros, parecidos a las conchas de mar. Los Perea me explicaron que eran los encargados de descomponer la madera y volverla vida que retornaba al suelo para enriquecerlo. "Para remediar lo que hizo el hacha de Julin", pens yo. Entonces hice clculos de la manera cmo, una vez que estos troncos se pudrieran totalmente, aparecera sobre ellos una vegetacin que algunos aos despus morira tambin, para seguir abonando el suelo con sus tallos, sus hojas y sus races. Ms adelante vendran arbustos. Despus rboles de cierto tamao y muchsimo ms adelante, palos tan gigantescos como ellos... Cuatro siglos, tal vez seis siglos faltaban para eso. Al salir del campamento encontramos fcilmente la pica, pero no seguimos por ella sino por los lados, rompiendo monte paralelo a ella. Evadindola pero no perdindola. Unos cien metros adentro hallamos el primer hueco. Alejandro lo haba destapado y tena una profundidad como hasta la altura de nuestras rodillas. En el fondo haba efectivamente estacas de itauva aguzadas con puntas largas y fuertes. Parecan una obra de arte. En adelante las trampas aparecieron cada doscientos, cada cien metros. Las estacas podan atravesar fcilmente la suela de un zapato por gruesa que fuera... Nosotros destapbamos los huecos, esparcamos un poco las hojas y continubamos hacia adelante. Habramos recorrido unos mil metros cuando sorpresivamente observamos que la pica estaba atravesada por barreras de hojas de palma recientemente cortadas y por varas colocadas en forma de equis, que cerraban el camino. Al verlas los guas que el da anterior manifestaron haber explorado ese mismo terreno sin encontrar obstculos, se acobardaron. A partir de ese momento la marcha se hizo lenta. Caminbamos quince pasos y todos se paraban a observar las copas de los rboles, sus troncos, sus bejucos.

Esperaban un ataque. Yo no era veterano en el monte, estaba tan asustado como ellos pero el recuerdo de mi muchacho me haca sacar valor de donde poda. Julin era el menor y prcticamente lo haba criado yo... Tal Vez despus de la tercera parada encontramos la huella de un pie muy grande. Huella de pie descalzo, pero no la pisada que hace uno en terreno hmedo, que resbala y se ve primero la marca del taln y luego el resbaln que se va alargando hasta la punta. Esta era una pisada seca, como hecha con un sello. Hice mis clculos y reflexion: "Como los indios son tan astutos, puede ser que anoche o esta maana los mismos, exploradores hayan hecho la huella como pretexto para no seguir adelante porque estn acobardados desde el momento en que acampamos a orillas del Bernardo." Pez llevaba unas botas 42, entonces le dije que se descalzara y acomod una dentro de la huella. Le sobraban por lo menos tres dedos. Pens: "El cliente debe tener una pata por lo menos 44 y cerca de dos metros de altura..." Anduvimos unos pasos ms pero se regres Daro. Lo alcanc y ante la mirada del resto logr convencerlo de que siguiramos tan slo un poco ms. Luego se detuvo Armando y ms tarde Alejandro. Se negaban a continuar. Decan que sentan que nos vigilaban desde la maleza. No vean ni escuchaban nada, pero hablaban de algo que les haca presin: Les dije: "Por favor observen bien. Caminen otro trecho, ustedes pueden ver los troncos de los rboles, observen las ramas, no hay ningn movimiento. Sigan que todo son nervios, sigan adelante." Como hasta las tres de la tarde atravesamos barrizales. A esa hora me fue mucho ms difcil hacerlos seguir. Se frenaban, se sublevaban. Ninguno, con excepcin de Pez, tena ya buena voluntad. Sin embargo y a pesar de verlo casi todo perdido* le ech mano a la carabina punto 30 que me haba prestado el comandante del puesto militar y dispar al aire dos rfagas de diecisis tiros cada una. Las detonaciones tampoco originaron ningn movimiento. Entonces les hice ver que eran slo nervios. Esto a lo mejor sirvi para convencerlos de que podan dar unos pocos pasos ms, pero siempre bajo promesa de que nos devolveramos con tiempo suficiente para alcanzar la embarcacin antes de que oscureciera, pues ellos decan que las trampas, ms los bejucos atravesados entre algunos rboles haban sido colocados all con el fin de agarrarnos en la oscuridad cuando regresramos corriendo. Anduvieron tal vez unos veinte metros ms y entonces definitivamente se negaron a seguir. Fueron regresndose lentamente, en silencio, uno a uno... Cuando vi que todos haban volteado las espaldas, sent que estaba dejando abandonado para siempre a mi hermano. Y llor.(En la grabacin de la entrevista hay un silencio de 17 segundos, que corresponde al momento en que Efran fij sus pequeos ojos en el techo, para luego, con ellos ligeramente humedecidos, continuar hablando sin permitir que siquiera se te quebrara la voz.)MARZO 5 DE 2014 FECHA DE LA LECTURA

Perdido en el Amazonas